Mi mejor versión

Te presento a mi sonrisa favorita, la que pega con todo, la que guardaba para ocasiones especiales.

Te presento a mi sonrisa favorita. La de eventos excepcionales, la que se escapa con las coincidencias, la que hoy quise forzar al verte entrar por la puerta.

Esta es mi sonrisa, la verdadera, y te la paso por escrito, porque dudo mucho que la vieras.

Te presento mi andar favorito, el que no carga penas ni tristezas, el de la conciencia tranquila. Lo verás de espaldas, porque ya no me interesa cruzarte de frente.

Te presento mi auténtico caminar, el de los valientes, y te lo paseo de espaldas, porque tu dirección no me interesa en absoluto.

Se acabó el deshielo y derretirme por ti. Punto final al cambio climático y a la fiebre que provocabas. Llevo toda la vida creyéndote mi gravedad y mi centro, pero hoy me he demostrado ser cuatro estaciones desde cero.

Este es mi yo favorito, quien no espera nada de ti, quien cierra la puerta del sótano y sube la escalera. El yo que no depende de nadie y luce su mejor versión solo porque sí.

 

Cosquillas interrogadas

Aquel tiempo en el que hacer cosquillas era algo importante. Cuando quedaba cabeza abajo en el sofá y las lágrimas no podían con la gravedad.

En qué momento dejaron de ser las cosquillas algo importante, una anécdota para contar en el almuerzo. Cuándo dejamos que se caducaran en la planta de los pies, por encima de la cintura, en la palma de la mano.

Tan mayores. Tomando café aparentando maneras. Pidiendo sacarina aparentando ser cautos. Aparentando en conversaciones que nos hagan más interesantes en la mesa de al lado. Echando en falta hablar de las cosquillas que nos hicieron por la mañana.

Cuándo dejaron de ser relevantes las cosquillas inocentes, las perversas, las de escapar, las de jugar, las de fastidiar. Cuándo pasaron a un segundo plano. Cuándo dejó de preocuparnos el ridículo momentáneo, la risa que nos impedía respirar. Cuándo empezamos a darle vía libre a los problemas infinitos y a desterrar a las cosquillas encuadernadas.

Verás

Llevo tres primaveras sin verte.
Aun noto aquí las costuras del flechazo, tus trazos en relieve.
Verás, sé que no volvimos a hablar jamás.
Sé que nos conocimos solo una vez y bastó.
No quisiera que lo entendieras mal, ni uno de aquellos mensajes que no supimos continuar.
Verás, alguna vez, de vez en cuando, muchas veces, tan solo te pienso sin más.
No es mucho rato, ni tan siquiera tiempo. Solo te pienso y te vas.
Sé que no tengo derecho, y a veces al recordarte me levanto con el pie izquierdo.
Verás, ayer escuché tu voz y aún estoy dándole vueltas.
Era tu vídeo en mi pantalla a tan solo un clic de distancia.
Tan poco romántico, tan artificial, tan muriéndome de ganas por escucharte hablar.
Verás, pasé la tarde sin mirarte, solo pensando que podría escucharte cuando quisiera y sin preguntar.
Salí a bailar anoche, viejas canciones con zapatos de fiesta. Y en cada aplauso pensaba en llegar a casa y chutarme aquel recuerdo de tu voz.
Tan poco ético, tan de almuerzo en papel albal, y yo dándole vueltas como quien deja su comida favorita para el final.
Verás, no recordaba lo que era oírte hablar. Ni siquiera si me gustaba. Ni si me iba a volver a gustar. Solo que era lo segundo más cerca que habíamos estado jamás.
Y no te recordaba nada. No me sonabas nada. Y sin embargo, no podía parar de escuchar. Solo fotos y letras que habían mantenido tu recuerdo como en cajitas de cristal. Y ahora llegaba tu voz y parecía que los recuerdos nuevos se empezaban a emancipar.
Verás, jamás te lo dije, pero me gustaste nada más zarpar. Verás, en todo este tiempo no hemos vuelto a hablar, solo mensajes vacíos sin nada que contar. Verás, cada vez que leía tu nombre me curvabas hacia arriba la felicidad. Y verás, creo que después de volver a escucharte vas a volverme a enamorar.

Aitziber

Se llamaba Aitziber y su pelo olía a mar. Los santos la invitaron a bailar y, descuidada, se torció el tobillo al andar. Bailar era peligroso, bailar era llorar, era dejarse llevar por un ritmo vertiginoso que pocos sabían apreciar.
Se llamaba Aitziber y su pelo olía a mar. Aquella noche no bailó, porque todas las canciones sonaban mal.

#Microcuento

Castillos

Ayúdame a dibujar castillos tan altos como los lugares a los que me llevas.

Llévame de la mano a dar saltos por los tejados de tu ciudad o la mía.
Agárrame fuerte delante de las fotografías de nuestra mente y, sobre todo, nunca me sueltes.
Acompáñame a estar locos y a poner los ojos en blanco cada vez que nos planteamos la cordura.
Cíñete al guión antisistema de nuestra república del impulso.

Sopla las virutas de goma de estos castillos, que nadie venga a borrarlos sin escalera. Asómate a la ventana y cuenta, sin perder un detalle, lo poco convencional de esta historia de amor que no se cree nadie.

Los antepenúltimos once minutos de dedicatoria

Me quedan once minutos de diez.
Ha pasado en un abrir y cerrar de ojos.
Ayer moría por ti. Y hoy puede que también. Pero no a todas horas.

Volvería a buscarte. Pero puede que más pronto. Aunque el resultado fuera el mismo.

Me quedan nueve de diez. Has pasado sin avisar. He pasado yo a la velocidad de la luz. Nadie se cree que ya hubiéramos pasado.

Me quedan solo seis de diez. Otra vez hablando de ti. Que ni tú sabías tu nombre cuando te nombraba antes de ti.

Me quedan menos cuatro de diez. Y no te vas. Y yo me quedo. Y tú no estás.

Me quedan solo dos de diez. Sin sitio en tu jardín. Mirando el reloj, dejándome dormir.

Uno nada más. Solo uno. Y lo quemo hasta la yema de mis dedos. Como la última vela que quisiera soplar.

Y van diez. Y probablemente uno más.

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Exagerándote de menos

Esta noche voy a darte los dos años y medio que te debo. Voy a envolvértelos en un papel de regalo ñoño, de esos que no conocías hasta antes de conocerme a mí.

Me han enviado recuerdos tuyos, aunque es mentira. Solo me lo imaginé al ver aquella cara conocida, aquel puente entre tú y yo. Y me di cuenta de que quería darte los tres años y tres cuartos que nos debemos, aunque estén llenos de polvo y con las esquinas algo dobladas.

Se cayó hoy nuestra foto de mi corcho en la pared. Una de las dos o tres que nos hicimos porque no te gustaba, porque no nos apetecía y porque apenas hicimos cosas que nos incitaran a inmortalizar. La recogí de detrás de mi mesa de noche y supe que tenía que hacer algo con aquellos cuatro años, casi cinco, que nos llevábamos debiendo.

Encontré tu número de teléfono sin querer mientras buscaba algo en la ‘E’. Aunque creo que era mentira, porque no guardo a nadie en la agenda con esa inicial. Y al verte abriendo la lista siguiente pensé en los cinco o seis años que me empezabas a deber y en las pocas veces que conseguí que nos volviéramos a ver.

Se me rompió el regalo de cumpleaños que me dejaste con retraso. Aquella chorrada que me dejó del revés y el dolor atroz de que ahora es como que no fue. Y me enfadé pensando en los diez o veinte años que me vas a deber.

Perros

Se acurruca en el regazo de su familia de bien. Duerme todo el día sin saber qué hora es. Sale a tomar el sol sin cuestionarse quién es o quién deja de ser.

Un hombre loco por obra del azar puso fin a todas sus vidas como quien recorte un papel con tijeras de punta redondeada. Y en medio de su ignorancia sabe que todo va mal en este mundo de animales.

Mira a todos lados con el miedo en la nariz, con la ausencia de las caricias en su espalda y el susto de los petardos en los oídos.

De repente le habían convertido en un abandonado salvaje y nadie se paraba a mirarle. Todas aquellas vidas rotas en un giro de ciento ochenta grados y sus gritos apagados tras el escándalo no conseguían escapar del caos mientras retrocedía asustado.

Era al menos un hombre loco que no había puesto los ojos en todo lo que estaba rompiendo en aquel momento. Y cientos de hombres atemorizados sin saber juzgar lo que estaba sucediendo.

Ladrando a solas cuando algunos hombres locos decidieron ponerle la vida en blanco y negro. Y la muerte, caprichosa, nos cambió la vida por completo.

Mousse de chocolate

Hoy ya no eres esa persona especial. Ojalá que te vaya bien, ojalá que seas feliz. Ojalá no nos crucemos incómodamente ni nos forcemos a saludarnos. Ojalá ya. Ojalá seamos mayores y sensatos y no pretendamos arreglarlo.

Ya hoy no somos esas personas especiales nunca más. Ojalá no lo seamos jamás. Digo ojalá por evitar el tropiezo, porque nuestra segunda parte ya acabó malherida, y ya no somos tan especiales como para curarnos al instante.

Hasta las recetas más perfectas no salen siempre iguales. Porque al pie de la letra hubiéramos muerto intoxicados y saltándonos los pasos no acabamos al dente. Ojalá ya seamos sabores aparte. Ojalá levantarnos de la mesa y tomar el postre en otra parte.

No seremos perfectos ni especiales, ni siquiera deliciosos como para comernos con los ojos. Ojalá la sensación de no cansarme de tu sabor y repetir de un bocado. Ojalá ser más o menos la idea de un antojo eterno. Pero, disculpe, no he pedido esto. Y ya no lo quiero. Me apeteces menos. Ojalá haberlo sabido antes. Hoy solo mousse de chocolate.

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Rebajas

Ha llamado el cartero a la puerta para hacerme firmar sus recibos. Ha escuchado la música y me he dicho sonriente que me veía feliz hoy. Me ha hecho darme cuenta de que lo estaba y que no le había prestado importancia.

Cerré la puerta y bailé con tontería pensando en lo maravilloso que era que otra persona se hubiera dado cuenta antes que yo. Y canté hasta las canciones tristes sin personas en mi cabeza. Solo el placer inmortal de saber que detrás de cada letra hubo y habrá motivos para darle significado, que hoy solo son recuerdos y esperanzas que ni duelen ni empapan.

Y es que las sonrisas las vendemos caras cuando las creemos escasas. Y hoy que los precios bajan, el sol me pide no quedarme en casa.

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