Eleccitridad

Te prometí un olvido amargo al limón.

Al tocarme, la electricidad caducada inundó la calle. Nadie más tiene ese poder.
Tienes el talento único de rozarme como nadie.
Porque nadie más a quien haya amado antes aún me toca ahora.

No has sido el producto de un choque idealizado. No pude haberte hecho así.
Hay tanto de ti en este roce que si es mentira, ya te he creído.
Soy un caso perdido en olvidos cítricos.

Antes, durante y después de tu mano en mi brazo. Tu sonrisa de paso.
La he visto mil veces. La real y sincera, la que rompe lo oscuro.
Sé que conmigo no te salen de esas. Pero siempre la jugamos a la inversa.
El cuarto de sonrisa de tu boca con las tres cuartas partes que desatas en mí.

Te prometí un olvido amargo al limón.
Y vas tú con tus poderes, con tu electricidad, con tu sonrisa.
Con tu perfecta falta de rencor, tu no fingida honestidad.
Vas tú y me das corriente en la calle.
Donde todos pueden ver que tu olvido pide tequila y tu presencia le da sal.

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La cuenta

No te debo nada.
Ni una cena, ni otro beso, ni un abrazo. Nada.

Siendo realistas, tampoco tú me debes nada.
Ni una disculpa, ni la mitad de la cuenta, ni una excusa. Nada.

Aunque claro… siendo exigentes, sí que me debes algo. Me debes dos semanas de montaña rusa, un par de días de sube y baja. Me debes lo mismo que un padre divorciado a su hijo alquilado en vacaciones.

Me debes los días que me hiciste creer que te esperaba, las huellas dactilares desgastadas en comunicarnos las ganas que no te vi jamás. Me debes la culpa sin sentido que sentí las primeras veces que no te vi venir. Me debes las ilusiones que, gracias a Dios, no me hice por ti.

¡Vaya! Se me ha ido un poco la deuda de las manos… pero oye, que no me enfado. Ni un enfado te llego a deber.

Es que no te debo ni buenas maneras. Ahora mismo no te debo ni medio halago por lo que me gustaste al verte. No te debo ni un piropo más de los que ya te di por complacerte ni por construir puentes.

Imagínate la situación, que ni siquiera te debo una justificación a por qué aquella pared me podría parecer roja, violeta o marrón.

Eso sí, quizás te deba toda mi educación. Toda mi preocupada autoconcepción. Te debo tanta caballerosidad que, no te preocupes, a aquella cena ya invité yo.

Se abre el cielo

Me voy a llover, hoy no estoy para nadie. Me voy a hacer inviernos que se noten en los huesos. Me voy a llover, aquí no me llegan los mensajes.

Me voy a hacer sol, no me pases llamadas. Me voy a hacer olas de calor que se quejen en la cama. Me voy a hacer sol, para que no lloren los de playa.

Me voy a hacer viento, que nadie me moleste. Me voy a hacer huracanes que cierren las ventanas. Me voy a hacer viento, tú no salgas de casa.

Me voy a hacer nevar, que no nos roben la ropa. Me voy a hacer ventiscas que brinden con chocolate. Me voy a hacer nevar, para que te quedes a mirar.

Recuerdos de Facebook

Hoy Facebook me ha recordado que hace seis o siete años te invité a dormir a casa. Aunque invitar es un concepto demasiado educado teniendo en cuenta que yo no llegué a decírtelo. Simplemente llegaste al portal y descubriste que no te querías ir.

Hoy me lo ha recordado, como recuerda tantas cosas estúpidas y encantadoras. Todo iba según lo previsto hasta que el puto Facebook se acordó de ti. Se acordó de ti cuando ni tú te acordabas ya de lo que era tener Facebook. Como si largarte de allí hubiera sido tu última gran obra maestra para hacerme creer que no estabas, hasta el día de hoy.

Sé que te quedaste a dormir en casa cuando echamos a toda aquella gente. Aquella gente que invitamos a aquella fiesta falsa. “Invitamos” como concepto cortés de aquella trampa que inventaste para no venir a solas y “echamos” como jugada perversa producto de aquel terrible descubrimiento que nos desveló que nos volvía locos compartir aquel sofá.

Y luego me arrepentí de todos los viernes que no te invité a dormir. Y de todas las veces que vinieron después y me decías que sí. De todos los planes que terciaron aquellas casualidades provocadas. Aquellos “imposible llegar a tiempo” que se transformaban en “me da igual la hora”. Aquellas soberanas locuras de amor amordazado. Aquellas noches sin nada relevante. Aquellas noches contigo.

Hoy Facebook me ha comentado que quizás querría recordar la primera noche que te invité a dormir. Y estoy seguro de que el muy canalla sabía de sobra que hoy yo no quería pensar en ti. Entonces me fui, me enfadé, juré no volverle a hablar, no revisé la fecha, apreté los dientes y me torturé pensando que con aquellas personas de las fotos no me hablo ya. Que todos se fueron, se marcharon, que no les puedo contar que aquella noche te invité a dormir y que después lo hice unas mil veces más. Mil estúpidas veces que iba coleccionando como cromos de papel. Las tenía repetidas, con diferentes cortes en las esquinas. Las tenía tan vistas que sabía cómo iban a acabar.

Acababan conmigo detrás de la puerta, sentado en el suelo sin saber qué pensar. Acababan conmigo recogiendo los cojines, corriendo las cortinas y con los ojos rojos por la noche sin dormir. Acababan conmigo.

Me enfadé tanto porque aquel día no sabía cuándo sería la última noche que te iba a invitar a dormir. No lo supe hasta que me dijiste que te ibas. Y en aquel momento supiste que aquella noche iba a ser la última vez. Lo supiste porque te ibas a ir, porque ya estabas casi fuera, como la primera noche. Lo supiste porque me miraste como siempre, sabiendo que aquella noche era otro favor. Me miraste diciendo “si esta noche no me quedo, la última habrá sido la anterior”.  Y no podías soportar la idea de que aquella mañana siguiente no fuera al menos un poco peor que todas las demás.

Parapente

Te he recordado a ciegas desde que te conocí. Cuando en aquel momento me pareció imposible esperarte. Y ahora todo ha pasado, y tú sigues siendo la misma persona, solo que con los años de nuestra parte.

No puedo explicarte el sentimiento que me abraza al verte. Eres pura luz radiada desde tu sonrisa. Eres energía, fusión y fisión. Eres el trueno que resquebraja las nubes y el temblor que hipnotiza mi piso.

Llevo tiempo esperando el permiso para amarte, haciendo cola en imposibles sin apuntarme ni siquiera en la lista de espera. Solo estando por estar, llamando con disimulo a tu puerta, saludando desde fuera e intentando aparentar entereza a cada una de tus sonrisas.

Eres sueños y vida. Eres ganas de saltar, subir, bailar, volar. Eres tan inexplicable porque la mitad de lo que eres lo eres solo en mi cabeza y en mis segundos sin respiración.

Quisiera tener permiso para abrazarte con palabras, acariciarte sin tocarte, contarte mil cuentos sin asustarte. Revelarte todo lo que ha pasado desde que te conocí y decidí esperarte rogando que no se te hiciera demasiado tarde.

Encontrarte me ha confirmado que todas mis decisiones han estado pactadas desde incluso antes de conocerte. Te ha convertido en la casualidad más valiosa de la colección. Volver a verte y no habernos olvidado, pedirte a gritos con la mirada que abramos esa puerta que había estado cerrada con candados.

No volver a soñar con tu cuerpo en braille. No volver a esperar por nada que me ronde la memoria antes de dormir. No volver a hacer balance de quimeras. No volver a encontrarte de imprevisto, sino que todos mis planes sean contigo.

Podrías haber contado nubes en quechua

Te miró cuando aun estabas en el instituto. Te vio allí tumbado con tan solo quince años, aquellos que ni aparentabas. Me preguntó qué hacía alguien como tú en un sitio como aquel. Le pareciste impensable.

Aquella misma semana habló contigo, acercándose a sus veinte. Te habló para responderte, solo quería rehuirte. Sin embargo, le cambiaste el día, la noche y media mañana de los próximos días. Se los cambiaste con aquella mirada sin miedo, aquella sonrisa tranquila.

Te iba a olvidar un poco más cada uno de los años que te faltaban para ser menos problemas. Te juro que me prometió que iba a hacerlo, aunque más por suposición que por intención. Y me escribió cada vez que se cruzó contigo en la calle, cada vez que se cruzaba con una foto tuya, cada vez que te cruzaste en su vida sin saber que le estabas borrando las sombras.

Me dijo que eras luz. Cuando hablabas de sueños, cuando le preguntabas cómo estaba, cuando le flechabas tu mirada en el alma. Que nunca se hacía oscuro, era como si sus sombras te tuvieran miedo, como si siempre fueras de día. Me dijo que la diferencia entre tú y el mundo era que en el mundo pasaba de todo y en ti todo pasaba.

Le dije que sí que habías pasado, que el tiempo te había acercado. Sin prisas, sin pretensiones. Que los dos ya habíais vivido, os regalasteis esa tregua, pero ya nada es complicado. Y le hice prometerme que te invitaría a una copa. Que si no habías anochecido en estos años, es que valdría la pena intentarlo.

No me hizo caso, ¿te lo puedes creer? Que era una locura aun más grande. Y jamás te habló. Jamás lo supiste, ni cuando pudiste.

Pero, ¿sabes qué? Esta mañana me escribió. Sí. Justo después de verte. Me había hablado de ti… ¿cuándo? ¿hace un mes? Y esta mañana te contó en adivinanzas. Me dijo que te vio en la playa, que llovía, que hacía frío, que ya estaba sonriendo antes de que vieras que estaba allí. Me dijo que no había amanecido hasta no verte y que era por lo menos mediodía. Me dijo que murió con tu voz y resucitó con tu sonrisa. Me dijo que no podía parar de mirarte a los ojos, de perderse en tus labios ni aunque empezaras a contar nubes en quechua. Me dijo que perdió la noción del tiempo y que no te besó porque aquella casualidad le imponía respeto.

No sabes cuánto me alegro. No de que no te besara, ni de tu invitación a tomar algo, ni de tus bromas sobre cómo, cuándo o dónde. No sabes cuánto me alegro de la casualidad. De que le hicieras de día a las nubes. De que le recordaras que amar no es un polvo en el camerino, no es un piropo sin trascendencia. No sabes cuánto me alegro de que le recordaras que amar es coincidencia, es tiempo pasado sin pasar, es reencontrarse sin que pase el tiempo. Amar es una luz de ida y vuelta, es una emoción en línea recta. Es simple y directa, solo con curvas contextuales. No sabes cuánto me alegró que me contara que te vio. No sabes lo feliz que me hizo saber que volvía a ser feliz aunque no me lo reconociera.

Mi mejor versión

Te presento a mi sonrisa favorita, la que pega con todo, la que guardaba para ocasiones especiales.

Te presento a mi sonrisa favorita. La de eventos excepcionales, la que se escapa con las coincidencias, la que hoy quise forzar al verte entrar por la puerta.

Esta es mi sonrisa, la verdadera, y te la paso por escrito, porque dudo mucho que la vieras.

Te presento mi andar favorito, el que no carga penas ni tristezas, el de la conciencia tranquila. Lo verás de espaldas, porque ya no me interesa cruzarte de frente.

Te presento mi auténtico caminar, el de los valientes, y te lo paseo de espaldas, porque tu dirección no me interesa en absoluto.

Se acabó el deshielo y derretirme por ti. Punto final al cambio climático y a la fiebre que provocabas. Llevo toda la vida creyéndote mi gravedad y mi centro, pero hoy me he demostrado ser cuatro estaciones desde cero.

Este es mi yo favorito, quien no espera nada de ti, quien cierra la puerta del sótano y sube la escalera. El yo que no depende de nadie y luce su mejor versión solo porque sí.

 

Cosquillas interrogadas

Aquel tiempo en el que hacer cosquillas era algo importante. Cuando quedaba cabeza abajo en el sofá y las lágrimas no podían con la gravedad.

En qué momento dejaron de ser las cosquillas algo importante, una anécdota para contar en el almuerzo. Cuándo dejamos que se caducaran en la planta de los pies, por encima de la cintura, en la palma de la mano.

Tan mayores. Tomando café aparentando maneras. Pidiendo sacarina aparentando ser cautos. Aparentando en conversaciones que nos hagan más interesantes en la mesa de al lado. Echando en falta hablar de las cosquillas que nos hicieron por la mañana.

Cuándo dejaron de ser relevantes las cosquillas inocentes, las perversas, las de escapar, las de jugar, las de fastidiar. Cuándo pasaron a un segundo plano. Cuándo dejó de preocuparnos el ridículo momentáneo, la risa que nos impedía respirar. Cuándo empezamos a darle vía libre a los problemas infinitos y a desterrar a las cosquillas encuadernadas.

Verás

Llevo tres primaveras sin verte.
Aun noto aquí las costuras del flechazo, tus trazos en relieve.
Verás, sé que no volvimos a hablar jamás.
Sé que nos conocimos solo una vez y bastó.
No quisiera que lo entendieras mal, ni uno de aquellos mensajes que no supimos continuar.
Verás, alguna vez, de vez en cuando, muchas veces, tan solo te pienso sin más.
No es mucho rato, ni tan siquiera tiempo. Solo te pienso y te vas.
Sé que no tengo derecho, y a veces al recordarte me levanto con el pie izquierdo.
Verás, ayer escuché tu voz y aún estoy dándole vueltas.
Era tu vídeo en mi pantalla a tan solo un clic de distancia.
Tan poco romántico, tan artificial, tan muriéndome de ganas por escucharte hablar.
Verás, pasé la tarde sin mirarte, solo pensando que podría escucharte cuando quisiera y sin preguntar.
Salí a bailar anoche, viejas canciones con zapatos de fiesta. Y en cada aplauso pensaba en llegar a casa y chutarme aquel recuerdo de tu voz.
Tan poco ético, tan de almuerzo en papel albal, y yo dándole vueltas como quien deja su comida favorita para el final.
Verás, no recordaba lo que era oírte hablar. Ni siquiera si me gustaba. Ni si me iba a volver a gustar. Solo que era lo segundo más cerca que habíamos estado jamás.
Y no te recordaba nada. No me sonabas nada. Y sin embargo, no podía parar de escuchar. Solo fotos y letras que habían mantenido tu recuerdo como en cajitas de cristal. Y ahora llegaba tu voz y parecía que los recuerdos nuevos se empezaban a emancipar.
Verás, jamás te lo dije, pero me gustaste nada más zarpar. Verás, en todo este tiempo no hemos vuelto a hablar, solo mensajes vacíos sin nada que contar. Verás, cada vez que leía tu nombre me curvabas hacia arriba la felicidad. Y verás, creo que después de volver a escucharte vas a volverme a enamorar.

Aitziber

Se llamaba Aitziber y su pelo olía a mar. Los santos la invitaron a bailar y, descuidada, se torció el tobillo al andar. Bailar era peligroso, bailar era llorar, era dejarse llevar por un ritmo vertiginoso que pocos sabían apreciar.
Se llamaba Aitziber y su pelo olía a mar. Aquella noche no bailó, porque todas las canciones sonaban mal.

#Microcuento