Hay algo que tiene un beso cuando se quiere dar que hace que las películas parezcan un engaño menor. Hay algo en un beso que trasciende las ganas de darlo o la necesidad de ser dos.

Hay un fotograma a cámara lenta en el que se es consciente de que nunca antes habías besado. Es como una luz de alerta que informa a todo tu ser de que estás en directo. Se encienden los imanes que exigen exagerar esa atracción hasta necesitar aire para respirar. Solo el justo para satisfacer a unos desagradecidos pulmones que parecen no entender la importancia de esa toma única.

Hay algo en todos los besos, especialmente en los primeros, que predice los mil besos siguientes. Mil que pueden ser tres o ninguno. Pero todas esas predicciones vienen en el primero. Sin embargo, hay o puede haber un beso que no entienda de números y, a pesar de haber sido pensado para ser de otra forma, a veces llega para decirte que la estadística es ensayo y error. Que aquel beso curioso la primera noche ya nada tiene que ver con éste que hasta el final te deja con la sensación de aún estar empezando.

Debe haber algo en los besos que solo aparecen en singular cuando se roban sin permiso. Que siempre son en plural porque no sabemos medir los últimos. Hay algo que nos obliga a llevar la cuenta de todos los principios, hasta que contar y besar se abrazan y se nos escapan de las manos. Entonces, la situación se descontrola, no nos vale la pena tanto cálculo y priorizamos ser prácticos. Dejamos de tachar los besos para empezar a besarnos y luego contárnoslo a nosotros de nuevo.

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