Te miró cuando aun estabas en el instituto. Te vio allí tumbado con tan solo quince años, aquellos que ni aparentabas. Me preguntó qué hacía alguien como tú en un sitio como aquel. Le pareciste impensable.

Aquella misma semana habló contigo, acercándose a sus veinte. Te habló para responderte, solo quería rehuirte. Sin embargo, le cambiaste el día, la noche y media mañana de los próximos días. Se los cambiaste con aquella mirada sin miedo, aquella sonrisa tranquila.

Te iba a olvidar un poco más cada uno de los años que te faltaban para ser menos problemas. Te juro que me prometió que iba a hacerlo, aunque más por suposición que por intención. Y me escribió cada vez que se cruzó contigo en la calle, cada vez que se cruzaba con una foto tuya, cada vez que te cruzaste en su vida sin saber que le estabas borrando las sombras.

Me dijo que eras luz. Cuando hablabas de sueños, cuando le preguntabas cómo estaba, cuando le flechabas tu mirada en el alma. Que nunca se hacía oscuro, era como si sus sombras te tuvieran miedo, como si siempre fueras de día. Me dijo que la diferencia entre tú y el mundo era que en el mundo pasaba de todo y en ti todo pasaba.

Le dije que sí que habías pasado, que el tiempo te había acercado. Sin prisas, sin pretensiones. Que los dos ya habíais vivido, os regalasteis esa tregua, pero ya nada es complicado. Y le hice prometerme que te invitaría a una copa. Que si no habías anochecido en estos años, es que valdría la pena intentarlo.

No me hizo caso, ¿te lo puedes creer? Que era una locura aun más grande. Y jamás te habló. Jamás lo supiste, ni cuando pudiste.

Pero, ¿sabes qué? Esta mañana me escribió. Sí. Justo después de verte. Me había hablado de ti… ¿cuándo? ¿hace un mes? Y esta mañana te contó en adivinanzas. Me dijo que te vio en la playa, que llovía, que hacía frío, que ya estaba sonriendo antes de que vieras que estaba allí. Me dijo que no había amanecido hasta no verte y que era por lo menos mediodía. Me dijo que murió con tu voz y resucitó con tu sonrisa. Me dijo que no podía parar de mirarte a los ojos, de perderse en tus labios ni aunque empezaras a contar nubes en quechua. Me dijo que perdió la noción del tiempo y que no te besó porque aquella casualidad le imponía respeto.

No sabes cuánto me alegro. No de que no te besara, ni de tu invitación a tomar algo, ni de tus bromas sobre cómo, cuándo o dónde. No sabes cuánto me alegro de la casualidad. De que le hicieras de día a las nubes. De que le recordaras que amar no es un polvo en el camerino, no es un piropo sin trascendencia. No sabes cuánto me alegro de que le recordaras que amar es coincidencia, es tiempo pasado sin pasar, es reencontrarse sin que pase el tiempo. Amar es una luz de ida y vuelta, es una emoción en línea recta. Es simple y directa, solo con curvas contextuales. No sabes cuánto me alegró que me contara que te vio. No sabes lo feliz que me hizo saber que volvía a ser feliz aunque no me lo reconociera.

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