Aquel tiempo en el que hacer cosquillas era algo importante. Cuando quedaba cabeza abajo en el sofá y las lágrimas no podían con la gravedad.

En qué momento dejaron de ser las cosquillas algo importante, una anécdota para contar en el almuerzo. Cuándo dejamos que se caducaran en la planta de los pies, por encima de la cintura, en la palma de la mano.

Tan mayores. Tomando café aparentando maneras. Pidiendo sacarina aparentando ser cautos. Aparentando en conversaciones que nos hagan más interesantes en la mesa de al lado. Echando en falta hablar de las cosquillas que nos hicieron por la mañana.

Cuándo dejaron de ser relevantes las cosquillas inocentes, las perversas, las de escapar, las de jugar, las de fastidiar. Cuándo pasaron a un segundo plano. Cuándo dejó de preocuparnos el ridículo momentáneo, la risa que nos impedía respirar. Cuándo empezamos a darle vía libre a los problemas infinitos y a desterrar a las cosquillas encuadernadas.

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