Se llamaba Aitziber y su pelo olía a mar. Los santos la invitaron a bailar y, descuidada, se torció el tobillo al andar. Bailar era peligroso, bailar era llorar, era dejarse llevar por un ritmo vertiginoso que pocos sabían apreciar.
Se llamaba Aitziber y su pelo olía a mar. Aquella noche no bailó, porque todas las canciones sonaban mal.

#Microcuento

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