Hoy ya no eres esa persona especial. Ojalá que te vaya bien, ojalá que seas feliz. Ojalá no nos crucemos incómodamente ni nos forcemos a saludarnos. Ojalá ya. Ojalá seamos mayores y sensatos y no pretendamos arreglarlo.

Ya hoy no somos esas personas especiales nunca más. Ojalá no lo seamos jamás. Digo ojalá por evitar el tropiezo, porque nuestra segunda parte ya acabó malherida, y ya no somos tan especiales como para curarnos al instante.

Hasta las recetas más perfectas no salen siempre iguales. Porque al pie de la letra hubiéramos muerto intoxicados y saltándonos los pasos no acabamos al dente. Ojalá ya seamos sabores aparte. Ojalá levantarnos de la mesa y tomar el postre en otra parte.

No seremos perfectos ni especiales, ni siquiera deliciosos como para comernos con los ojos. Ojalá la sensación de no cansarme de tu sabor y repetir de un bocado. Ojalá ser más o menos la idea de un antojo eterno. Pero, disculpe, no he pedido esto. Y ya no lo quiero. Me apeteces menos. Ojalá haberlo sabido antes. Hoy solo mousse de chocolate.

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