Un brindis por la suerte. Un sorbo refrescante en una noche de verano. El mío sin alcohol. Poco intuíamos que aquella noche iba a quedar para el recuerdo, una de las últimas que íbamos a recordar por reírnos juntos. Allí estábamos los cuatro sin pensarlo demasiado, con problemas azotando, la vida dándonos lecciones de madurez en plena juventud, y nosotros bebiendo en aquella terraza junto al mar. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Cuántas risas y penas trae la marea con ese brindis inesperado.

Allí estábamos, con los corazones libres, el alma cicatrizando y las sonrisas paseándose sabiéndose lejos de casa. El mar. Nos impone la distancia y nos regala nuestros puentes. La frontera perfecta entre estar en casa o estar en cualquier otro lugar. Me sorprendió lo simple que era la felicidad cuando uno se aleja de sus fantasmas. Allí no solo estábamos, sino que también éramos.

Se reflejaba la tenue luz de las farolas en nuestros ojos brillantes y ansiosos de libertad en aquella despejada noche de agosto. Para mí todo era luz en aquel paraíso en penumbra.

Terminé mi refresco y me levanté un momento. Fui hasta la barra y pedí la cuenta. Había prometido invitar aquella noche, y aunque no quería irme, no iba a arriesgarme a que alguien se adelantara. Allí estabas, aun sonriendo con las locuras de nuestra mesa, ignorando que habíamos estado hablando de tu pelo, de tu cara, de tus ojos y puede que hasta de tu culo, aunque de eso ya apenas me acuerdo. Tú seguías sonriendo, dándome las gracias y yo fingía que sabía tontear. Volví a nuestra mesa y allí me quedé escuchando quejas y pellizcos que me empujaban a pedir tu teléfono, mientras mi orgullo y yo nos decíamos con desencanto: “mañana volvemos a casa, es mejor dejarlo estar”.

Nos fuimos mi ego y yo tan dignos como intactos. Ya era tarde y apenas nos daba tiempo a brindar una o dos veces más en nuestras habitaciones antes de irnos a la cama. Un viaje agotador y una despedida de fiesta para aquel entierro a las preocupaciones. Un cocktail ambicioso y yo sin poder dormir. Pensar en que me gustabas, que me gustaba la idea de poder gustarte y que toda aquella historia iba de gustarse sin más. Pasé la noche en vela pensando en ti como tarea pendiente y esperé a que amaneciera para volverte a buscar.

Y allí no estabas como si no hubieras estado. Yo en la misma mesa esperando una casualidad y tú sin estar, yo a punto de irme con lo puesto y con la duda, además de una bebida de más. Habías sido una esperanza nocturna, una enajenación transitoria de mi edulcorado corazón y mi cabeza loca sin medicación. Paseé por aquellas calles sin nombre y me convencí de que solo eras bisagras en mi calendario y una puerta menos con la que chocar a diario.

Allí estábamos de vuelta al puerto, a punto de perder nuestro barco, y yo en la ventanilla suspirando por nuestra última tarde. Y allí estabas tú en la acera, yo marchándome y tú de vuelta. Yo yéndome lejos y tú sirviendo copas hasta la noche. No oculté mi asombro tras el cristal, hasta juraría haberte llamado en voz alta sin usar tu nombre, hasta me atrevería a decir que te dije adiós sin decir nada y diciéndotelo todo. A veces, al recordarlo, creo que me miraste antes de irme, pero justo en ese punto me cuesta distinguir qué sucedió y qué me gustaría recordar. Justo en ese punto descubrí que me habías metido en un lío.

Atardecía en medio del océano y nos juramos volver pronto. Yo quise creer aquella promesa. Quería imaginar que ‘pronto’ era la excusa perfecta por haberme ido, que si el tiempo no pasaba demasiado deprisa me sobraría el suficiente para reencontrarnos, pero aun en casa jamás dejé de buscarte.

Pasaron quizás uno o dos años. La vida siguió como si no fuera con ella. Comencé a pensar en ti con menos frecuencia y te convertiste en una instantánea con la que sonrojarme en privado. Con el tiempo volví a cruzarme con aquel mismo lugar. Aquella vez era invierno, sonaba la música y las calles parecían estar en fiesta. Yo no estaba a solas, y pocos conocían el eco de aquella historia, así que solo bastaba disfrazar aquella espera de un desayuno inesperado en la misma mesa en el mismo bar. Allí me senté a esperarte y antes incluso del primer bocado ya sabía que no estarías por allí. Volvería a irme en unas horas y acampar en tu puerta no me parecía la apuesta más discreta.

Comenzó a llegar la gente, abarrotaron las calles y llenaron la plaza, la música me ahogaba en la terraza y ahí estaba yo, sin ti sin mí sin nada. Bailando a solas, descosiendo tus ojos claros en mi memoria.

Zarpaba en barco, ojalá, aun mirando las mismas olas.

Te busqué. Al verano siguiente te busqué. Otro verano de repuesto. Me paseé a brindar por otros pueblos, y en cada chin pensé en ti, en el segundo te bebí, y decía a mis adentros ‘ojalá que estos caminos me lleven de vuelta a ti’. Estaba a punto de irme, todos estaban ya mirando al mar, y yo pedí un último brindis, un sorbito más a la orilla del mar. ‘No es tan imposible que se acuerde de mí’ pensé, ‘al fin y al cabo nos vimos el mismo tiempo’ me engañé. ¿Quién mide el tiempo que necesitamos para fijarnos en alguien? Intenté calcularlo en el instante que tardé en plantarme en esa terraza una vez más. Y esta vez me convencí de que vernos iba a bastar, que nos acordaríamos, sonreiríamos y nos diríamos al tiempo que se necesitaba solo un momento para no olvidarnos nunca de alguien.

Allí me paré en la puerta con mis gafas de sol, mirando a alguien que parecía ser tú. Y me di cuenta de que ya no recordaba tu cara, no tenía claro si ese era tu pelo, ni si esa era tu sonrisa. No tenía claro que fueras tú. De hecho sabía que no podías serlo. Pero mis ganas por encontrarte me hicieron darme cuenta de que te había olvidado, pero no recordarte no iba a ser fácil. Ya no. Pero aún sí. Y me fui riéndome, pensando en lo enrevesado de nuestra historia. En que allí había acabado. En qué triste había sido el portazo. En que había sido un cuento fantástico. Más tarde. En que volvería a buscarte cuando tuviera oportunidad, por el respeto a aquel momento. En que, quizás, si algún día de verdad nos veíamos cara a cara, íbamos a reconocernos al instante, y esto de haberte olvidado había sido solo yo intentando que me gustara un poco menos San Sebastián.

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