Llevo muchísimo tiempo escribiendo. No sabría calcularlo. Me he dejado sobornar por historias e imágenes que se han paseado por mi vida. Algunas más mías que otras. Pero siempre hay algunas que tienen mucho más jugo. He escrito sobre esto tantísimas veces que hasta yo me resulto repetitivo… No solo le pasa eso a quien me lee. Sin embargo, hay cosas que inspiran en contra del tiempo. Hay situaciones, personas y sentimientos que no se desgastan en mi cabeza… Y creo que no lo harán hasta encontrar un sustituto. No se irán hasta encontrar a alguien que lo haga mejor. Hoy he querido desnudar algo que siempre está presente de una manera u otra, porque es parte de lo que soy. Es una historia y yo me siento pedacitos de ellas. Es una historia que no podría ser más torpe. Ni siquiera aunque quisiera… No sé si este es tu portazo definitivo o tu despedida de mis letras. No lo sé. Pero siempre supe y sabré que tu importancia es esencia de quién soy. No concibo un ‘yo’ sin esta historia que cumple años y envejece tan dulcemente. No me concibo a mí sin ella. Aunque ella siga por otro lado sin mí. ¡Desnúdate a la gente! A ver si así los enamoras igual que a mí.

De todo lo que me diste no sabría por dónde empezar… Así que quédate con las gracias. Gracias por dejarme escribir después de ti. Esto va por ti. Aunque no llegues a leerlo… Nos quedaremos con las ganas. ¡Vaya novedad!

Perdón por pasarme de palabras. Solo por eso pediré perdón hoy.

#9″

-JC.

Te conocí un día de septiembre. Es raro en mí que no sea capaz de decirte qué día fue. Supongo que nunca supuse que ibas a ser importante. Supongo que sabía que si llegabas a mi vida no iba a ser para quedarte. Al menos no físicamente, aunque todavía celebre tus cumpleaños felicitándole al techo.

Septiembre. No creo que haya un mes que me parezca tan horrible. Ni siquiera sé por qué lo nombro cuando intento hablar de ti. Debe ser un intento fallido por encontrarte un principio.

No lo sé. No sé exactamente cuándo te conocí, ni qué nos dijimos la primera vez. Muy probablemente te conocía desde antes… Estoy casi seguro. Casi tanto como ahora. Estoy seguro de que antes de oficialmente conocernos nuestras miradas se cruzaban más que ahora, con el mismo pensamiento de trasfondo. Esa sensación de saber quiénes éramos por casualidad.

Es uno de los pocos recuerdos inexactos que tengo de ti. O al menos eso me gusta creer, porque desde hace mucho todo ha comenzado a ser borroso. Digo de los pocos, porque del resto he estado escribiendo casi toda mi vida. No exageraría si dijera que de cada cinco palabras al menos una la escribí pensando en ti.

Tengo la sensación de que no voy a parar de hablar ahora que me he dignado a hablar de ti.

Recuerdo exactamente el día en el que decidí que no podía guardarte para mí. Mi vida comenzó a ir deprisa. Fue tan deprisa que te veía como un borrón a toda velocidad y yo un electrocardiograma disparatado disfrutando el paseo. Recuerdo cerrar la puerta de abril y pensar de madrugada “¡en qué lío me he metido!”. Lo recuerdo como si fuera ayer. Y te viví un mes con tal intensidad que sentí haberlo vivido todo sin haber vivido nada. Vida. Fue solo eso. La que había quedado traspapelada antes.

Apenas tengo idea de lo que pasó en ese tiempo. Bueno sí. Recuerdo haber estado contigo. Recuerdo haber escuchado música juntos. Incluso recuerdo habernos paseado por el mundo de la manera más romántica que podía hacerla alguien con miedo a las alturas. Y me pregunto qué pasó el resto del tiempo y por qué no intenté pasarlo olvidándote.

Me encantaban las canciones rápidas. Nunca fui de bailarlas, pero agradecía el ritmo, las letras disparatadas, el pop… Hasta ti. No me malinterpretes… Las he seguido escuchando, las de antes y las de ahora, pero ya yo era otro. O el mismo ya salido del cascarón. Me descubriste las baladas. No porque me las recomendaras, sino porque empecé a entenderlas, especialmente si hablaban de ti.

No tendría que rebanarme los sesos para rescatar muchas tonterías que aprendí de ti. Todas las cosas que yo hilaba con las canciones que descubría. Todavía las recuerdo, las pienso y sonrío como un idiota. Todavía. Debió ser en mayo. Todo aquello debió ser en mayo. Y no sé cómo ni cuándo, ni me lo pregunto demasiado porque intuyo que sencillamente fue. Tan rápido y real que solo me quedan algunas cicatrices por dentro que me sirvan de prueba si algún día te llevo a juicio.

Sé que antes de que aparecieran los mensajes de texto en películas, libros y otras historias de amor, ya yo sabía lo tonto que era esperar tus respuestas. Ya sabía lo absurdo que era sentarse a esperar… Y lo inmensamente arriesgado que era aquello, la valentía que se presuponía… Lo sabía desde siempre. Lo supe hasta cuando te dije que quería verte y hablar. Cuando te dije que por favor nos dejáramos frenar. Un instante.

¿Te das cuenta? Parece al contarlo, tal y como lo recuerdo, sin apenas decir nada, que nos amamos de jóvenes. Que nos quisimos como en los cuentos. Quien lo lea creerá que nos besamos. Creerá que incluso nos cogimos de la mano… No sé quién sabe mejor que eso es mentira… Si tú o yo.

Te vi y te dije siendo amigos que teníamos que hablar. Rompiendo los esquemas. Matándonos sin haber empezado. ¡Vaya amante del drama! Te dije que no. Que no iba a poder verte todos los días y hablarte de mentira. ¡Qué cosas las mías! Verte todos los días… Se ve que por un instante pensé que eso era posible.

Ya era junio. ¿Olvidé decirlo? Sí. Lo era. Era junio y llevaba cinco días sin verte. De hecho llevabas cinco días sin dar señales. Y yo con un nudo en la garganta. Quizás era una señal y no estaba el día para decirte barbaridades. Pero yo no veía las señales en mi contra, porque para mí tú eras viento a favor. Que luego te dejaras ser tormenta a toda costa ya no era cosa mía. Y te vi inocente por última vez. Esa última vez en la que fuimos en plural. Y yo te dejé caer que tú y yo en plural para mí era lo perfecto. No con esas palabras, para no ser presuntuoso. Aunque seguramente lo pensé adentro. Lo dije simple. Lo dije sencillo. Porque pensé que no tenía sentido decirlo complicado, si ya era difícil alrededor de mis palabras. Decirlo no era lo importante, no sin un ‘te’ intercalado.

Era junio, ¿lo había dicho? Cómo me duele junio. Me duele hasta decir basta. Me duele porque me importó algún día. Hasta el punto en el que lo amo porque cambió mi vida. Me duele porque los cambios matan. Y afortunadamente las personas solo sabemos resucitar después de ellos. Me dueles, junio. Me dolieron aquellos puntos suspensivos. Es más. Me dolió julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre… Me dolió como duele todo lo estúpido. Todo eso que parece que nos exprime y que nos va a quitar la vida y que luego nos deja igual que al principio. Me doliste, junio. Me doliste sin tregua. Sin nombre propio.

En junio pensamos en verano aunque sea primavera. Y yo pensé en que nunca el verano había sido tan cruel, ni el calor tan devastador. Nunca. Y sin embargo te perdí en primavera. Es la verdad. Debí habérmelo olido al venir… que te ibas a ir con la primavera. No recuerdo qué día te conocí. A veces ni recuerdo todas las veces que sonreí mientras te amé… Pero recuerdo como un reloj el día en el que te perdí. Recuerdo haberte perdido al proclamar la guerra. La guerra que pasamos sin luchar. Lo recuerdo. Recuerdo incluso hacer balance de daños en diciembre con mis heridas sangrantes. Recuerdo aquella guerra como si hubiera luchado en ella. La recuerdo como si no hubieran pasado ya nueve primaveras. La recuerdo tanto que no pude esperar a la décima. Recuerdo que empezó de repente, sin avisar, con aquellos crueles y reincidentes junios callados.

Si quieres saber cómo suena esta historia, puedes escuchar #Novenio en Spotify pinchando aquí.

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