Usar tu nombre en vocativo. Tartamudear en monosílabos. Escribirte versos alejandrinos a escondidas. Ser el complemento agente de tu sujeto en los recovecos de mi mente. Ser el complemento que pide a gritos tu transitivo corazón, la circunstancia, el lugar, el momento, el instrumento de todos tus deseos. Ser. Ser irregular y conjugarnos a destiempo. Conjugaciones distintas que confluyen en auxiliares y tiempos compuestos. Declinarte en todos los casos hasta un punto y seguido. Contar hasta tres puntos suspensivos si se avecina una enumeración ilógica de mis motivos y tus razones. Ser el suplemento de abandonarme a tu suerte, tú, tu intransitiva suerte.  La  diacrítica diferencia entre tú solo y sólo tú. Dos frases coordinadas esperando su condicional perfecto. Un juego de pronombres, referentes y antecedentes. Pragmáticos en la rutina y sintácticos con el deber, tentados por el hipérbaton y el oxímoron de tu nombre y el mío en el mismo verso adrede y sin sinquerer. Silencios. Páginas en blanco entre un “hola” y un distinguido “adiós”. Sinalefa perfecta entre verte, despedirte y entenderlo. Gramaticalmente correctos de principio a fin, semánticamente incompatibles desde el primero de sus sentidos. Retórica paradójica de nuestras formas y contenidos, una aposición la de mi vida y el tuyo o nuestro recuerdo.
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