Se acostumbró a coleccionar recuerdos borrosos y a liquidar hombres que parecieron buenos en aquel momento.
Se acostumbró a borrarlos del mapa, como si jamás hubieran existido, a consecuencia de su cambio repentino de intereses respecto a los suyos.
Los descuartizó en su memoria sin apenas darse cuenta, después del luto. Los disecó en vitrinas con muecas de dolor que ya no recordaran a los francotiradores que habían sido.
Se hizo a la idea de la muerte como la ausencia de recuerdos latentes que sirvieran de coartada para un pasado sin testigos ni posibilidad de un segundo pase. Y poco a loco naturalizó la idea de vivir cada experiencia como el ciclo de un ser vivo forzado a perecer por el mero hecho de haber osado existir.
Y llegado el punto de asesinar sus recuerdos buenos y malos, comienza a no distinguir los recuerdos de los hechos, los sueños de los miedos, y con ellos teje el icosaédrico engaño en el que se proyectan todos los hombres buenos. Todos reflejos en frágiles cristales que piden a gritos una bala mortal, para que no se pierdan en el camino del mal y se conviertan en recuerdos antes que en cenizas de cicatrices de hombres muertos.Hombres buenos, hombres muertos

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