Disimulándote bajo apariencia normal, un agotado caballero vuelve a casa empapado en el sucio sudor de la obligación. Desmintiéndotelos. Los odios, los rencores, la pegajosa sensación del pervertido velcro de su piel en sábanas desteñidas por tenderse al sol. Huele a un sonámbulo sexo de tu quinto sueño. Habiendo respirado litros de tu dióxido de carbono al dormir en un abismo de distancia, solo resumible en que cualquier espacio nunca es demasiado cerca. Dos cuerpos en la cama individual de los polos opuestos, diciéndose adiós sin sabérselos despedidos, ni sus no besos ni sus labios intocables hasta en la maldita maldición de la vulnerabilidad de su sueño.

Sin desvestirse, fingiéndose el dormido que desvariaba con su pelo, envenenándose con el aire que al otro le sobraba, y sin tocarle la boca, perpetuándose el respeto a la inmoralísima legalidad, le hizo el amor vestido y dormido con el purísimo gesto de su imaginación, la condicionada intención de solo estar dormidos, la imperiosa necesidad de su cuerpo a punto de ser liberado del pecado. Perpetuó su memoria el hacerle el amor a un inerte sonámbulo en su cama, tomarlo suyo cuando aquel cuerpo no era de nadie, bajo la atenta mirada del descarado sudor de un agosto que no terminaba de hacer las maletas. Y sin despertar culminaba, sin tocarse ni a medio segundo, prostituyendo un amor destinado al fracaso en las sábanas que invadió sin permiso, donde sin salir de aquel enfermizo sueño dijo en voz alta otro nombre. Y allí en el estupor del descanso eterno ya había muerto aquello, mucho antes de apuñalar con mierda en los labios el último suspiro del histriónico desamor de su adolescencia. Allí en el escenario del crimen que jamás cometieron, donde se retuerce de calor el velcro de su piel, ahora abandonada, ahora sin nadie a quien invitar a dormir, ahora reformado. Ahora empapado por el sudor, hasta las entrañas, de la obligación de olvidar y fingir que aquella noche jamás sucedió, siendo el único testigo vivo de aquella violación que sin quererlo le infundió al corazón.

última bala

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