Me llamaron para volver a sus tierras baldías, a la aridez de aquellos recuerdos tan nuestros como de nadie.
Dije que sí porque era un sueño, era prácticamente el carnaval del que se disfrazaban los sueños, y no me servían de nada mis años despierto. Y volví como nunca vuelve nada, sin darme cuenta, de puntillas, sin haber escarmentado. Volví sin pensarlo demasiado, solo soñando, olvidando mayo.
Donde te conocí sin darle demasiadas vueltas, donde conocerse era añadir un nombre a la lista de ‘buenas tardes’. Allí donde en la esquina de la mesa el tiempo se hacía corto. Donde te conocí sin haberme enamorado todavía.
Allí volví con sus paredes y pasillos. Con los entresijos de anocheceres tras las persianas y taquicardias al borde  de nuestra mesa. Allí volví sin apenas nadie conocido, y en el mismo vacío de nuestras soledades todavía huele a recuerdo cuando se hacen las siete. Y todavía quema a despedida cuando se hacen las ocho y media. Todavía vuelvo y es como si irse fuera el dorso de una traición.
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