Se miraron a la cara desde tan cerca como no lo habían estado en años. Allí estaban, de pie sobre aquel dibujo en mosaicos de colores, sin disfraces, máscaras o antifaces. Allí donde nunca habían estado antes.
-¿Ahora es cuando comenzamos a caminar en círculo mientras nos desafiamos con la mirada?
-Vaya un encuentro el nuestro….
Se conocían desde hacía tiempo por el nombre del ser extraordinario que escondían bajo su apariencia. Uno un director de truenos, el otro un conjurador de luz. Dos nombres casi científicos para ellos, mientras el mundo los seguía llamando héroes enmascarados o superhéroes.
Aquel mosaico parecía que se desprendía en pedazos a partir del quebrar en sus pies tan fríos como su encuentro. Se observaban atentamente y percibían los cambios que habían experimentado en sus cuerpos y actitudes durante el tiempo de su destierro. Un director de truenos más fuerte, firme en sus convicciones, inocente y juguetón detrás de una armadura que lo convertía en hombre, que ya no le dejaba ser un simple chico. Enfrente, un conjurador de luz herido, pero victorioso, un confiado de la naturaleza, el destino y ferviente enemigo de la oscuridad, con la mirada convencida que no deja pasar el temblor de un corazón reincidente. Fue el primero quien decidió romper el hielo.
-He visto lo que has hecho con los amaneceres. Aunque hasta hoy no sabía que era cosa tuya.
-¿Sigues creyendo que soy una amenaza?
Dudó un momento si ese presentimiento seguía persistiendo en él a pesar de los años.
-¿Por qué iba un conjurador de luz a perder el tiempo frenando la luz del sol del amanecer por tan solo unos segundos más? ¿Qué podría haber de perverso en eso?
El conjurador sonrió ante aquella acusación.
-¿Qué tengo que hacer para que cambies de idea? ¿Acaso no fui yo el que te enseñó que alguien como tú podría desatar cualquier tormenta?
El director llevó sus manos a los bolsillos y notó el temblor de sus dedos. Todos lo notaron con aquellos gritos que provenían desde lejos en el mar.
-Me dio miedo saber quiénes éramos. Tú un conjurador de luz al que apenas conocía y yo… Yo no sabía quién quería ser.
Sus miradas se cruzaron y sonrieron por dentro, sabiéndose superhéroes desarmados, desnudos y desconfiados ante la grandeza de sus proezas. No debían temerse y sin embargo lo hacían.
-Quizás debamos reconocer que no estamos hechos para esto…-dijo el conjurador de luz.
-¿Para qué? ¿Para ser grandes, fuertes y manejar poderes extraordinarios que nos convirtieran en raritos?
Alzó la mano izquierda y con ella se levantaron tres mosaicos de diferentes colores, como si un trueno intentara alzar un arco iris sin control.
-No. Para ser todo eso juntos.
Y con sus palabras el conjurador de luz nubló el cielo sin apenas esfuerzo. El director de truenos miró hacia arriba y se dio cuenta del caos que desataban. Recordó que cuando se percató de lo que era capaz de hacer, él mismo desataba todo tipo de desastres que caían sin distinción sobre la tierra.
-¿Pero por qué? ¿Por qué el amanecer? ¿Qué pretendes hacer?
Como si por mera casualidad todas las cosas que hacemos, decimos, sentimos o pensamos tuvieran una finalidad práctica o fueran exclusivamente voluntarias.
-Yo… No lo puedo controlar. Sencillamente amanece y…
Las nubes dieron paso a una noche cerrada e irremediable. Conjuró una luna llena para enmendar aquello, aunque el daño estaba hecho, como en el ciento por ciento de las veces.
-¡Vaya! Definitivamente no todas las cagadas las desatan mis truenos.
-No… pero eso solo lo sabemos tú y yo.
Y la mera idea de juntar esos dos pronombres en una frase, el uno frente al otro, inició un terremoto acompañado de una lluvia de estrellas.
-Será mejor que paremos. Ya sabes… que no juguemos a ser fuertes.
-No, yo…
Y mientras no era capaz de terminar sus frases, el conjurador de luz perdía el norte de la conversación y solo se daban las fases de la luna una tras otra en un cielo confundido.
-¡Para! ¿Qué es lo que haces?
-Intento decírtelo… De veras que lo intento…
Y cuando la luna cambiaba tan rápido que apenas se podía distinguir el menguante del creciente, el sol salió de repente y el conjurador lo detuvo en la posición del amanecer.
-No intento hacer nada. Simplemente amanece como siempre y al acordarme de ti el sol se detiene… Como si esperara que aparecieras de nuevo.
Inmóvil. El director de truenos empezaba a intuir que ante el más mínimo fallo sus poderes los llevarían a la perdición. El conjurador de luz sostenía el sol con su brazo derecho rígido y tembloroso, haciendo el mayor esfuerzo de su vida por controlar aquello que siempre le enloquecía.
-Y como nunca pude amanecer a tu lado, sin remedio, intento imaginar que al menos madrugamos juntos, que por un instante seguimos haciendo algo juntos, algo de aquella vida que teníamos antes de ser extrañamente extraordinarios e imposibles.
Los mosaicos ya no estaban pegados al suelo. Sencillamente fingían ser impasibles a los terremotos, a los truenos, al calor desbocado del sol estático de la ciudad.
-Truenos al sol, ¿eh? ¡Qué locura! Esa es tu amenaza y no yo…
Frente a frente en un círculo de desafíos, viéndose enemigos no por el odio ni el rencor, sino por la incompatibilidad de sus existencias en un mundo que los necesitaba a ambos para ser perfecto. Un mundo que con ambos sucumbiría a la destrucción del orden. Un mundo que sin uno de ellos estaría destinado a la tristeza, pero que solo así mantendría su equilibrio.
Tú tan nervioso por tenerme cerca que el mar se envenena y ruge como si su grito espantara las amenazas de tus miedos. Yo tan avergonzado por tenerte enfrente que el cielo se cubre  y el sol se altera, y toda la energía en la Tierra pasa a convertirse en luces que parpadean. Nos llaman superhéroes si hacemos cosas grandes, si nos disfrazamos o si somos sencillamente épicos y extraordinarios. El resto del tiempo solo somos raritos sin remedio que pierden la cordura por no ser perfectos.
 
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