Va vestido de calle para no destacar entre la gente. Ahora prefieren llamarse ilusionistas, puede que para evitar la mentira que conlleva el nombre de mago. No lleva esmoquin, ni pajarita, ni siquiera chaqueta, solo se para en el borde del muelle y mira al cielo.
Suele hacer trucos de cartas solo para ganar tiempo. El público cambia, algunos se cansan de intentar averiguar lo que trama, mientras otros nuevos quedan maravillados con la posibilidad de creer en algo increíble durante una noche cualquiera. Los lunes escasea la gente, por motivos obvios, aunque insuficientes.
A las dos de la mañana todos intentan dormir. Él se queda en el muelle con el equipaje recogido. Se para frente al mar y solo escucha cómo rompe en la escollera. Hace frío. Tanto frío que al mismo cuerpo le empieza a ser indiferente mientras deja de sentir. Se abraza en soledad como si no pasara el tiempo y recuerda el instante en el que le pidió un beso.
A las ocho de la mañana amenaza con salir el sol. Se aclara el cielo y no ha dormido nada. Lleva la misma ropa de hace una semana y se lamenta por no haberse puesto más guapo aquella noche. Y aunque sabe que todos prestan atención a sus pintas, todo lo que esperaba era distraerlos del gran truco. Mientras su apariencia indigente capta todos los guiños de alrededor, alza su mano derecha al cielo con discreción. Coloca el índice en la luna casi nueva del cielo de Santa Cruz y lo desliza suavemente unos grados hacia la izquierda. Se hace de noche y vuelven a ser las dos. Las dos de su recuerdo aunque no en su imaginación.
-¿Otra vez aquí?-le preguntaba al mago mientras lo abrazaba.
-Siento mucho molestarte otra vez…
-¿Has vuelto a menguar la luna? ¿Cómo vas a explicarlo cuando todo acabe?
El mago suspiró profundamente, sabiendo que toda ilusión solo tiene un efecto limitado en el tiempo.
-Para cuando se den cuenta de que hemos vivido eternamente en la misma noche, la marea habrá sucumbido a mi juego con la luna. Para cuando vengan a buscarme ya el agua me llegará hasta el cuello. Me habré ahogado y todo quedará en una anécdota de locos bajo este mismo mar.
-¿Y por qué no paras ahora que aún estás a tiempo? ¿Por qué no dejas amanecer y ya está?
Sus ojos muertos y vívidos por y para el sueño no entendían de razones ni disculpas. Sin correctos ni incorrectos, todo lo que quedaba era el deseo de repetir lo deshecho.
-Porque si dejo que pasen de las ocho, sencillamente te irás.
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