El dorso de tus piernas. El cajón de los calcetines rotos. El puente de tus tobillos a tus pies al pisar que solo se aprecia por detrás. Un mundo infinito del que solo se es consciente cuando te veo marchar.
Una cálida noche en Febrero en la que cabizbajo pueda seguir torturándome con el rastro de esta huida. Aun en invierno aspiro a que sean sus piernas semidesnudas las que se crucen en mi camino, recordando la tensión de sus gemelos al andar, la media manía de llevar tus pantalones cortos cuando disimulo al mirar. Arde el suelo.
Estábamos descalzos en la pista, mientras te reías de mis calcetines rotos y yo de que apenas los llevaras encima los días de gimnasia. El dorso de tus piernas contra el frío suelo, el mismo suelo para todos aunque seas diferente. Broméame otra vez.
El asfalto de la madurez. Te busco, me sigues, te sigo, te encuentro, te deseo, y alguna que otra de estas cosas sucede sin querer. El dorso de tus piernas y la espalda de mi fe. Son 180 grados hasta mí, en un choque frontal, un golpe en el esternón, tronando en una acera con tus calcetines hasta el tobillo compinchados con esas zapatillas que detestaría de no ser por ti. Colisión de junios.
Abrazados, descalzos, con tu pecho en mi espalda, el dorso de tus piernas rasgado por la caricia del algodón. Desde la cintura hasta el equilibrio de tus pies, ahí yace todo lo que me hace pensar en ti, los misterios del qué vendrá, la marca de nacimiento de una tontería pasional en un pupitre lleno de goma de borrar. Si solo tuviéramos la oportunidad de mirarnos a la cara.

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