En medio de un sueño. Estar despierto. En cada amanecer poder ver algo más que un día. Que se confundan el cansancio y la ilusión. Sentir que eres como ser nada, pero de repente vuelves a serlo todo, a vivirlo todo. Extender los brazos al horizonte, sentir que puedes rozarlo con la yema de los dedos. No poder llegar a cogerlo, a atraparlo, pero estar a la distancia perfecta para que sea tuyo o para perderlo definitivamente. Siempre perdido en cuestiones de definiciones y nombres mal puestos. Cuando algo empieza y es tan volátil que se escapa al entendimiento. Todo lo que nace es un mero desconocido, un anónimo que nos sobrecoge y esclaviza. Ahora, cuando dos personas se miran y no pueden comprender por qué motivo se han cruzado en una misma historia. Negaciones y dudas, capítulos con finales abiertos. Es todo la emoción de no saber, son solo un manojo de nervios, una ristra de arrepentimientos de actos que no suceden a tiempo. Dos personas en medio de un sueño que no saben cómo definirse, que se dejan guiar por el ritmo de sus pulsaciones. No son nada, apenas seres cercanos y distantes. Solo saben que juntos, el uno con el otro, por un instante las mareas ni suben ni bajan, el corazón se para, el pecho se estrecha. No pueden respirar. Aire.
Se antoja de pronto, como capricho del destino, que vuelva la realidad. Fundidos en una inseparable mezcla que esconde demasiados secretos. Cuando el aire se agota y la frontera entre dos almas se reduce a un suspiro. Se ruegan discreción el uno al otro, no sacar las cosas de quicio, no jugar demasiado con sus cuentos de cristal. Pero es que es tan dulce rozar la equivocación, ¿quién se puede resistir? Parece ilegal ponerle barreras a la felicidad que quiere fluir. Cuando una persona efímera mira a otra que le roba el aire y entre sus miradas fluyen mensajes, prohibiciones y se rompen en un torrente de impulsiva sinceridad. En un remolino de confusión y humanidad. Y se hunden los obstáculos y se ahoga el dudar. Mar. Agua.
Sin aire, sin aliento. Superada la confusión de sus pensamientos. Convencidos de que nacieron para esto, se abandonan a merced del viento. Tumbados en la orilla, acosados por la arena. Entonces el mar los invade. Fluye, cubre, muere y renace en un constante vaivén. Sus manos por su espalda; sus dedos en su pelo en pleno enredo caótico; sus labios poseídos por algún tipo de brebaje de limón y miel. Una batalla lenta y precisa de contrarios que recorren los entresijos de la piel. Y entonces cierran los ojos, para concentrarse en escuchar, escucharse respirar. ¡Cómo se acelera el aire! Apoyadas sus cabezas frente con frente, cansados por un instante de indagar en el otro. Aún con los ojos cerrados, una gota de sudor se desliza por la nariz de uno y se lanza al vacío sin mirar atrás, hasta caer en la del otro. Se separan a un segundo de distancia y se besan por incalculable vez. Solo que esta vez es algo más suave, más lento, más único, más suyo. Se ha hecho tarde con el paso de las caricias. Atardece y el cielo se vuelve casi rojo en pleno mayo. Aún parece imposible que lo que quede de sol pueda llegar a quemar la piel. ¿Será verdaderamente el sol? Fuego.
El tiempo pasa y te desgasta. A veces se empañan algunos cristales de las miradas y no vuelve nadie para aclararlos como ayer. Porque nadie sabe cuándo dejará de ser el mismo, ni siquiera si las cosas de mañana o ayer se las llevará el mar. Puede ser que uno acabe sentado frente al mar en el mismo lugar y que otro se conforme con una fuente en un parque cualquiera. No es la misma brisa, pero es aire al fin y al cabo. No es igual que el mar, pero agua ante todo. Quizás no exista el mismo fuego, pero no se tapa nunca del todo el sol. Uno escribe nombres en la arena, otro arranca el césped de la tierra. Unos se borran, otros dejan de crecer. Qué lejos se puede llegar. Muy alto, muy arriba, muy lejos del suelo. Qué bueno es a veces quedarse sin aire, dejarse llevar por la corriente, sentir el fuego, ausentarse del mundo. Nadie se arrepiente de eso. Ni cuando vuelve a pisar el suelo. Tierra.


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